Paseo de sonidos: una actividad tranquila para escuchar con niños

Normalmente sacamos a los niños afuera para que corran, trepen y se desfoguen, y con razón. Pero hay otro tipo de salida que hace algo distinto e igual de valioso: un paseo cuyo único objetivo es estar en silencio y escuchar. En un paseo de sonidos, tu hijo o hija baja el ritmo del todo y sintoniza con los sonidos que la mayoría filtramos sin darnos cuenta, desde el canto de los pájaros hasta el tráfico lejano o el crujido de sus propios pasos. Calma, no cuesta nada y afina una habilidad que ayuda en todo, desde aprender a leer hasta prestar atención.

Qué es un paseo de sonidos

Un paseo de sonidos es exactamente lo que parece. Salen afuera, caminan despacio y, en lugar de charlar o tener prisa, se concentran juntos en lo que oyen. Esa es toda la actividad. Es una propuesta tranquila al aire libre que encaja en los días de poca energía, cuando un niño está desbordado o simplemente cuando quieres un ritmo más suave que la carrera de siempre hacia el parque. Funciona en cualquier sitio, de un bosque a una calle de ciudad, porque cada lugar tiene su propio paisaje sonoro esperando a que alguien se pare a escucharlo.

Por qué vale la pena practicar la escucha

Escuchar con atención es una habilidad de verdad, y sostiene más cosas de las que parece. Para aprender a leer, los niños tienen que oír los sonidos pequeños dentro de las palabras, y practicar la escucha en general les ayuda. Sintonizar con el mundo también construye la atención y la concentración, que son músculos que necesitan ejercicio. Además del aprendizaje, está la calma: concentrarse en los sonidos es una forma natural de atención plena que asienta a un niño inquieto o con nervios, porque frena la respiración y el ritmo. El tiempo pasado así al aire libre favorece el bienestar de una manera a la que el juego ruidoso y rápido no siempre llega.

Cómo hacerlo

Que sea sencillo. Elijan un lugar razonablemente seguro y sin demasiados peligros, para que los dos puedan relajarse con el ritmo, y salgan despacio. De vez en cuando, paren, quédense sin moverse y di: "Vamos a escuchar". Cierren los ojos si les resulta cómodo, porque al apagar la vista los oídos trabajan más. Pregúntale qué oye y túrnense para nombrar sonidos. Prueben a contar cuántos sonidos distintos distinguen, o a buscar el más fuerte y luego el más suave de todos. Que todo sea corto, porque la atención de un niño pequeño dura poco, y terminen cuando todavía va bien.

Sonidos que buscar

Darle sonidos concretos que buscar mantiene la actividad enfocada y divertida. Busquen sonidos de la naturaleza, como pájaros, viento en las hojas, hierba que se mueve, insectos zumbando o agua. Luego fíjense en los sonidos que hacen las personas: coches, un avión que pasa, un perro que ladra, una puerta que se cierra, pasos. Escuchen también sus propios sonidos: la grava que cruje, el roce del abrigo, su respiración. Jueguen a adivinar: uno hace o señala un sonido y el otro lo nombra. Hasta pueden buscar el sonido del silencio, esos raros segundos en que todo se queda quieto y que a los niños les emocionan de una forma curiosa.

Hablar de lo que oyen

La escucha alimenta con naturalidad el lenguaje y el pensamiento, así que detente un poco en ella. Pídele que describa un sonido: ¿es fuerte o suave, agudo o grave, cerca o lejos, rápido o lento? Pregúntense juntos qué lo produce y de dónde viene, y luego miren para comprobarlo. Así aprende a calcular la dirección y la distancia por el sonido, que es observación de verdad. Anima las palabras que describen, para que un pájaro no solo cante, sino que píe, gorjee o silbe. Un niño que sabe describir lo que oye está construyendo el mismo vocabulario rico que le ayudará con todo lo que lea y escriba más adelante.

Llevarlo al día a día

Cuando ya sabe escuchar, pueden hacerlo en cualquier parte sin una salida especial. Paren camino de la guardería y pregúntale qué oye hoy. Fíjense en cómo suenan distinto la lluvia, el viento y una mañana sin aire. En casa, escuchen el calentador, la nevera, los pájaros detrás de la ventana. Así la escucha pasa de ser un juego aislado a una costumbre de fijarse, que es justo lo que se busca. También puedes usarlo para calmar: cuando a tu hijo o hija le invaden los nervios, un minuto escuchando juntos en silencio puede asentarle de un modo que las instrucciones rara vez consiguen.

Adaptarlo a cada niño

Los paseos de sonidos se adaptan fácilmente a cada niño. Uno de uno o dos años quizá solo aguante unos segundos de silencio antes de querer moverse, y está bien; incluso un solo sonido compartido cuenta. Uno de cuatro o cinco años puede disfrutar de ratos más largos, de juegos de adivinar y de describir con detalle lo que oye. A algunos niños a los que el silencio les incomoda les va mejor si les das una tarea, como levantar un dedo cada vez que oigan un pájaro. Sigue su temperamento en lugar de forzar la quietud, y que el paseo sea una invitación suave a escuchar y no una norma.

Una breve nota sobre comodidad y seguridad

Es de las actividades más seguras que existen y solo necesita los cuidados normales al aire libre. Ten presentes las calles, el agua y otros peligros, porque un niño que escucha con los ojos cerrados no mira por dónde camina: elige sitios seguros y dale la mano cerca del tráfico. Vístele según el tiempo, porque estando quieto un niño se enfría más rápido que corriendo. Por lo demás, es simplemente un rato para ir más despacio, respirar y escuchar juntos, algo que a casi todas las familias les sienta bien sin hacer ruido.

Lo esencial: Caminen despacio, paren a menudo y nombren juntos los sonidos que oyen; los paseos de sonidos construyen atención, lenguaje y calma sin nada más que silencio.

WHO, Guidelines on physical activity, sedentary behaviour and sleep for children under 5

CDC, Positive Parenting Tips: Child Development