¿Irte sin despedirte en la guardería? Por qué no conviene
La tentación es grande. Tu hijo o hija está absorto o absorta jugando con el agua, cruzas una mirada con la educadora y salir sin que se dé cuenta parece lo más compasivo. Sin lágrimas, sin escenas, sin ese adiós que te parte el alma. Por eso muchas familias se hacen una pregunta muy razonable: ¿es mejor escabullirse en la guardería? La respuesta corta es que, por muy amable que parezca en el momento, suele jugar en tu contra.
Por qué escabullirse parece lo correcto
El instinto tiene todo el sentido. Nadie quiere provocar lágrimas, y si tu hijo o hija no te vio salir, parece que le ahorraste el mal rato. Cuando las despedidas han sido largas y dolorosas, la idea de evitarse toda la escena puede sentirse como un alivio para todos. Así que no se trata de que las familias lo hagan mal. Se trata de entender qué aprende realmente un niño pequeño cuando su madre o su padre desaparece.
Lo que tu hijo o hija aprende en realidad
Aquí está el problema. Cuando desapareces sin decir nada, un niño pequeño no saca la conclusión de que la despedida fue indolora. En algún momento levanta la vista y ya no estás. La lección que se lleva es que su mamá o su papá puede esfumarse en cualquier momento, sin avisar. Eso puede aumentar su ansiedad en lugar de reducirla, porque ahora siente que tiene que vigilarte todo el rato por si vuelves a escaparte.
Con el tiempo, escabullirte en la guardería puede ir desgastando justo lo que más quieres proteger: su confianza en que eres fiable y sincero o sincera. Un niño que no puede prever cuándo te vas a ir puede aferrarse más, vigilarte con más atención y pasarlo peor en las separaciones futuras.
La alternativa más amable: un adiós claro y cálido
Aunque parezca contradictorio, una despedida de verdad, aunque traiga algunas lágrimas, construye más seguridad que una salida en silencio. Le dice a tu hijo o hija tres cosas en las que puede confiar: me voy, te lo dije y voy a volver. Una despedida previsible le permite protestar, recibir consuelo de una educadora y luego calmarse, cosa que la mayoría de los niños hacen en pocos minutos.
Una buena despedida se ve así.
- Ponte a su altura y dale un abrazo cálido.
- Di una frase corta, siempre la misma cada día.
- Dile con claridad cuándo vuelves, ligado a su día ("después de la siesta").
- Que pase a los brazos de una educadora conocida.
- Vete con seguridad y no regreses una y otra vez.
Previsible, no eterna
Una despedida clara no significa una despedida larga. Los adioses interminables acumulan tensión y le dan tiempo a la preocupación para crecer. La meta es que sea breve y fiable: el mismo pequeño ritual cada vez, hecho con cariño y cumplido hasta el final. La previsibilidad es lo que tranquiliza. Tu hijo o hija llega a saber exactamente cómo es la despedida y, sobre todo, que siempre termina con tu regreso.
Cómo manejar las lágrimas sin ceder
Si llora cuando te vas, es normal y sano, no una señal de que hiciste algo mal. Lo importante es que las lágrimas no te hagan volver a por más abrazos, porque eso le enseña que si llora lo suficiente quizá cambie el plan. Confía en que las educadoras le darán consuelo. Pide a su educadora de referencia que te mande un mensaje cuando ya se haya calmado, que muchas veces es solo unos minutos después, y esa pequeña tranquilidad puede sostenerte el resto del día.
Cuando ya tiene edad para prepararse
Con niños de 1 a 3 años y en edad preescolar que ya entienden más, puedes preparar el terreno antes de llegar. Habla de la despedida por el camino, cuéntale lo que va a pasar y ensayen el ritual. Los niños llevan las transiciones mucho mejor cuando las ven venir que cuando llegan por sorpresa. Por eso una desaparición repentina desestabiliza y una despedida anunciada da seguridad.
Si escabullirte ya se volvió costumbre
Si venías saliendo a escondidas y ahora notas a tu hijo o hija con más apego o más alerta, no te preocupes pensando que el daño es permanente. Los niños perdonan de maravilla. Simplemente pasa a despedidas claras y cálidas y mantenlas siempre igual. Puede costar más durante una o dos semanas mientras vuelve a aprender qué esperar, pero la recompensa es un niño más estable y confiado, que lleva mejor las separaciones.
Una nota sobre otras preocupaciones
La mayor parte del malestar en la despedida es la emoción normal de separarse y se suaviza con tiempo y constancia. Si el malestar de tu hijo o hija es extremo y dura casi todo el día durante muchas semanas, si parece tener miedo y no tristeza, si retrocede de forma notable o si te preocupa algo del cuidado que recibe, coméntalo con calma con la guardería o con tu pediatra. Es una situación distinta de los altibajos normales de cada mañana y merece una conversación a fondo.
Para la mañana de todos los días, sin embargo, resiste la tentación de desaparecer. Un adiós corto, sincero y cariñoso, repetido día tras día, le enseña a tu hijo o hija la lección más tranquilizadora de todas: que siempre le avisas cuando te vas y que siempre vuelves.
Lo esencial: Mejor no irte sin despedirte en la guardería. Un adiós breve, cálido y previsible construye más confianza y seguridad que una salida en silencio, aunque venga con algunas lágrimas.
HealthyChildren.org (AAP), How to Ease Your Child's Separation Anxiety