Uno es más estricto y el otro más permisivo: cómo encontrar el equilibrio

Es uno de los patrones más antiguos de la vida familiar: un adulto es el firme, el que mantiene el límite con la hora de dormir, las verduras y las pantallas, mientras el otro es más blando, más dispuesto a ceder por tener paz o un momento divertido. Una diferencia en el nivel de exigencia es completamente normal, y un poco no hace ningún daño. Solo se vuelve un problema cuando la distancia crece tanto que el niño aprende a enfrentar a uno contra el otro, y los adultos empiezan a resentir la forma de hacer del otro.

Por qué aparece la diferencia

Los papeles de estricto y permisivo suelen venir de algo real: cómo los criaron a cada uno, el temperamento, incluso la culpa de quien trabaja mucho y quiere que su poco tiempo sea feliz. Ningún instinto está mal. La estructura ayuda a los niños a sentirse seguros, y el cariño les ayuda a sentirse queridos; los niños necesitan las dos cosas. El problema cuando uno es más estricto que el otro no es que sean distintos, sino que la diferencia puede endurecerse hasta convertirse en una brecha en la que cada uno se aferra más a su postura frente al otro.

Lo que entiende el niño

Los niños pequeños se dan cuenta enseguida de quién dice sí y quién dice no, y no están manipulando cuando van directo al progenitor más blando, están siendo lógicos. Pero cuando la distancia es grande, les enseña que las normas dependen del adulto que esté presente, y eso debilita la sensación de un mundo previsible. También puede generar tensión, con el progenitor estricto sintiéndose desautorizado y el permisivo sintiendo que le toca el papel contrario al del malo. Acortar un poco la distancia protege tanto al niño como a la relación entre los adultos.

Busquen el punto medio, no solo una fachada en público

El instinto suele ser que cada uno espere en secreto que el otro termine pensando como él. Una meta mejor es un punto medio de verdad en el que los dos crean. Háblenlo cuando haya calma: ¿qué límites importan de verdad, y dónde puede aflojar el estricto y ponerse más firme el permisivo? Encontrarse a mitad de camino, en lugar de que uno represente la forma de hacer del otro con los dientes apretados, le da al niño un mensaje coherente y les da a los dos algo que pueden defender.

Acuerden juntos lo innegociable

No hace falta estar de acuerdo en todo, y no lo van a estar. Céntrense en identificar el puñado de límites que los dos se comprometen a mantener: la seguridad, la hora de dormir los días de colegio, no pegar, lo que más importe en su casa. Acuérdenlos con firmeza, y luego relájense con el resto. Cuando lo esencial es compartido, importa mucho menos que uno de los dos ceda con un segundo cuento o diez minutos más en la bañera. Una lista corta y compartida de lo innegociable hace casi todo el trabajo.

Nunca se desautoricen en el momento

Sean cuales sean sus diferencias en privado, el niño no debería ver que uno anula al otro. Si el progenitor estricto dijo que no hay más tele, que el permisivo entre con un "bueno, venga" le enseña al niño exactamente dónde presionar la próxima vez. Apóyense delante del niño y planteen el desacuerdo en privado después. Mantener una línea común en el momento, y resolver las diferencias de exigencia más tarde y lejos de sus oídos, es el equilibrio que evita que el niño abra una brecha entre los dos.

Háblenlo lejos del momento de tensión

Intentar renegociar su forma de hacer en plena rabieta, con el niño mirando, rara vez sale bien. Elijan un momento tranquilo, cuando los niños ya se durmieron o durante un paseo, para comparar lo que funciona y lo que no. Abórdenlo como compañeros de equipo que resuelven un problema común, no como rivales defendiendo su terreno. "¿Cómo queremos manejar las excusas para no dormir para no tirar cada uno hacia un lado?" es una pregunta mucho más productiva que "eres demasiado blando" o "eres demasiado duro".

Valoren lo que aporta cada uno

Ayuda ver el estilo del otro como una aportación y no como un defecto. El progenitor más firme le da al niño seguridad, fiabilidad y expectativas claras; el más cálido le da diversión, flexibilidad y consuelo. Un niño que recibe las dos cosas suele sentirse seguro y querido. Nombrar y agradecer en voz alta lo que aporta el otro quita mucha tensión a la diferencia y facilita acercarse en lugar de atrincherarse.

Cuando la brecha es más profunda

Una diferencia leve de exigencia es sana y no hay que arreglarla. A veces, sin embargo, la distancia apunta a algo más grande: conflictos constantes sobre la crianza, un niño con ansiedad de verdad o que enfrenta a los adultos entre sí, o una forma de criar de uno de los dos que el otro siente tan dura o tan permisiva que le preocupa. Si no logran encontrar un punto medio por su cuenta, o si la tensión afecta a tu hijo o hija o a su relación, vale la pena buscar apoyo. Tu pediatra, tu médico de familia o un servicio de orientación familiar o de pareja pueden ayudarles a llegar a una forma de hacer compartida. Pedir esa ayuda es una fortaleza, no un fracaso.

Que uno sea el estricto y el otro el blando es un reparto normal del trabajo de criar, y los niños lo llevan perfectamente cuando la distancia es moderada y lo esencial es compartido. Busquen un punto medio en el que los dos crean, mantengan una línea común delante del niño y dejen que las diferencias que queden sean pequeñas.

Lo esencial: Cuando uno es más estricto que el otro y eso crea roces, acuerden juntos lo innegociable, mantengan un frente unido en el momento y busquen un punto medio de verdad en el que los dos crean.

CDC, Positive Parenting Tips

NHS, Dealing with child behaviour problems