Mi hijo llora cuando pierde un juego: cómo enseñarle a perder

El juego de mesa iba de maravilla hasta que tu hijo o hija cayó en la casilla equivocada, y ahora hay lágrimas, el tablero por los aires o un "no vuelvo a jugar nunca". Si perder le provoca una crisis, estás en muy buena compañía. Ayudarle a sobrellevar las derrotas es una de esas formas silenciosas y cotidianas de construir resiliencia, porque un juego es un lugar pequeño y seguro para practicar una habilidad muy de adultos: aguantar cuando las cosas no salen como quieres.

Por qué perder pesa tanto a los niños pequeños

Para un niño pequeño, perder no es solo perder. Puede sentirse como la prueba de que no es suficiente, o como una pérdida repentina de control que le supera. A esta edad todavía están desarrollando la capacidad de manejar emociones fuertes y de separar un resultado de lo que valen como personas. Súmale una idea de la justicia que todavía se está formando, y un juego perdido puede sentirse de verdad como un pequeño desastre. Entenderlo te ayuda a recibir la gran reacción con paciencia en lugar de despacharla como un drama por nada.

No le dejes ganar siempre

Tienta dejarle ganar cada partida a escondidas para mantener la paz, pero un niño que solo gana nunca aprende a perder. Peor aún, los niños muchas veces notan cuando les regalan la victoria, y eso puede dejarles con una sensación de condescendencia o una inseguridad extraña. Un camino mejor es jugar con honestidad y dar mucho apoyo a las emociones que llegan al perder. Cuando dejas que el resultado salga de forma natural y le ayudas a sobrellevarlo, construyes la habilidad en lugar de aplazarla.

Nombra y permite la decepción

Cuando pierde y las emociones se disparan, resiste las ganas de arreglarlo o quitarle importancia. Decir "es solo un juego" suele hacer que un niño sienta que nadie presta atención a lo que le pasa. En su lugar, pon la emoción en palabras: "Tenías muchísimas ganas de ganar, y da pena que esta vez no haya salido". Sentir que le entiendes ayuda a que la emoción pase. Cuando tu hijo o hija siente que su frustración está permitida y aceptada, la atraviesa mucho más rápido que si tiene que pelear para demostrar cuánto le duele.

Muestra cómo pierdes tú

Tu hijo o hija mira cómo manejas tú las derrotas mucho más de lo que escucha tus consejos. Cuando pierdas una partida, enséñale cómo se ve sobrellevarlo bien: "Ay, esta vez me ganaste, bien jugado, la próxima lo vuelvo a intentar". Que sea ligero y con buen humor de verdad. Si te enfurruñas o presumes cuando juegas, aprende que así se comportan los que ganan y los que pierden. Tu forma relajada y elegante de perder le da un ejemplo vivo del espíritu deportivo que quieres que crezca.

Del ganar al jugar

Buena parte de la angustia por perder viene de creer que ganar es todo lo que importa. Puedes ampliar la imagen con suavidad celebrando la diversión de jugar juntos, la jugada ingeniosa, el momento gracioso, el esfuerzo, y no solo el resultado final. "Qué partida tan buena, me encantó cuando me comiste la ficha" pone el valor en la experiencia, no en el resultado. Con el tiempo, un niño que aprende a disfrutar del juego en sí sufre mucho menos cuando el resultado no sale a su favor.

Empieza con juegos cooperativos y de poco riesgo

Si ahora mismo la competencia le resulta realmente abrumadora, no tienes que empezar por ahí. Los juegos cooperativos, en los que todos colaboran contra el juego, permiten disfrutar sin que nadie pierda. Los juegos con mucha suerte, donde ganar no depende de ser el mejor, también pueden ser más suaves. A medida que crezca su capacidad de sobrellevarlo, puedes ir introduciendo juegos más competitivos poco a poco. Empezar donde está, en lugar de lanzarle a una competencia feroz, le pone las cosas fáciles para que le vaya bien.

Enseña a recuperarse, no solo a reaccionar

Sobrellevar las derrotas es una habilidad con dos partes: manejar la emoción y luego elegir qué hacer después. Una vez reconocida la decepción, puedes acompañar la recuperación con suavidad: "¿Nos damos la mano y jugamos otra?" o "¿Qué podrías probar distinto la próxima vez?". Eso le enseña que una derrota no es el fin del mundo, sino una oportunidad de reiniciar y volver a intentarlo. Esa capacidad de levantarse, practicada en incontables partidas pequeñas, es la resiliencia en su forma más útil.

Cuando las grandes reacciones no se van

Las emociones fuertes al perder son completamente normales en los primeros años y se suavizan a medida que los niños maduran. A veces, la angustia de un niño al perder es extrema, dura mucho o se desborda en agresividad o en una incapacidad para sumarse a cualquier juego en grupo mucho después de los primeros años. Si un patrón así se mantiene, afecta a sus amistades o viene junto a otras dudas sobre su desarrollo emocional, vale la pena comentarlo con tu pediatra o con su maestra o maestro, que pueden ayudarte a decidir si un apoyo extra sería útil.

Criar a alguien que sabe perder

Van a jugar muchas partidas, y a perder y ganar muchas veces, antes de que tu hijo o hija se tome las derrotas con calma. Cada una es práctica. Jugando con honestidad, permitiendo la decepción, mostrando elegancia y celebrando la diversión de jugar, le ayudas a perder bien y construyes una resiliencia que llega mucho más allá del tablero. Un niño que sabe perder es un niño que puede afrontar los tropiezos inevitables de la vida y seguir jugando.

Lo esencial: Una partida perdida es una práctica segura para sobrellevar la decepción: juega con honestidad, nombra la emoción, muestra cómo perder con elegancia y enséñale a reiniciar y volver a intentarlo.

AAP, Helping children build resilience

UNICEF, The power of play